A miles de kilómetros está el amor de mi vida

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Sí, ya sé que estarán pensando que no estoy actuando con cordura, que las cosas me pueden salir mal y que corro el riesgo de terminar más dañada, pero no, no es así. Pues conocí a un gran hombre, no es perfecto, aunque ante mis ojos lo parece.

Él vive a miles de kilómetros de mí, en otro país separándonos dos continentes, ríos, mares, culturas, nuestra forma de pensar y muchas horas de vuelo, pero para nosotros eso no es un obstáculo, para mí no existe distancia que esté lo suficientemente lejos para cortar con este amor, este  que se apodera de nuestras líneas telefónicas a través de largas llamadas y mensajes que nos conectan día a día.

Conocernos poco a poco y el susurro de su voz, despierta una esperanza, la cual queda impregnada en un beso volado, una caricia imaginaria que alimenta el pensamiento de hacerlo real. Ambos despertamos con la ilusión de que pronto llegará nuestro encuentro, y esa ilusión es el combustible para esperarnos el uno al otro.

Lo cierto en este momento es que todavía sigo mis estudios y él trabaja, tenemos obligaciones en nuestros países, eso es algo que siempre él me recuerda, pero yo no dejo de imaginarme todas las noches como será estar con él, escuchar su voz, verle cara a cara,  poder tocar sus manos, su cuerpo y vivir todos aquellos anhelos que por teléfono nos expresamos con tanta sinceridad.

Pero al pasar el tiempo nuestras conversaciones cada día se volvían más difíciles de cortar, las ganas de hablarnos crecían, pero nuestro horario impedía algunas cosas y eso me entristecía, pues quería estar con él  y que fuésemos dueños de nuestro tiempo.

Yo  le decía – con voz nostálgica –“vente por favor,  te necesito aquí conmigo a mi lado” y él me decía “te abrazo fuerte muy fuerte”, en esos momentos escuchar salir de sus labios“te amo, te amo mucho, mucho, mucho”  era para mí reconfortante y lograba transmitirme esa esperanza para ser paciente y poder esperar el gran día de conocernos.

Y seguía pasando el tiempo de un amor a distancia, y era cada día amar con decisión y con pasión. Hasta que un día, la tormenta de espera se esfumó con la sorprendente llegada de él y bajo un bello atardecer me entregó un anillo con la propuesta tan esperada y la gran pregunta con la que soñé tanto tiempo:“¿te quieres casar e irte conmigo?

Mi cara era de sorpresa, porque era lo que tanto había soñado, pero me llegó en el momento menos esperado, así como suele llegar la felicidad, pero tranquilos, por supuesto que dije que Sí entre gritos, lágrimas y sonrisas.

No tardamos mucho en organizar nuestras vidas juntos, me fui con él y ahora puedo ver que todo lo que prometió en cada llamada, mensaje y confesión  era verdad, y más que eso, a pesar del tiempo sigue siendo un  hombre detallista, amoroso y protector.

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